En los países desarrollados, el consumo alcanza los 300 kilos por persona al año, mientras que un auto eléctrico utiliza cerca de 60 kilos de cobre. Hace 25 años, el consumo era ocho veces menor, lo que refleja la magnitud del cambio estructural en la demanda.
Por su parte, Argentina se encuentra en una etapa inicial de desarrollo, pero con fuerte potencial en provincias como Mendoza y San Juan. En Malargüe, la minera Kobrea perforó su primer pozo en enero de 2026 en alianza con BHP, mientras que en San Juan la multinacional participa en el proyecto Vicuña, uno de los más grandes de la actualidad.
Al mismo tiempo, la experiencia chilena ofrece aprendizajes. Con empresas estatales como Codelco y Enami, y marcos contractuales como el DL 600, Chile logró atraer capitales y tecnología, consolidando su liderazgo mundial en cobre. Sin embargo, en los últimos años su producción se estancó por la caída en inversiones de exploración.
En paralelo, especialistas advierten que el reciclaje no alcanzará para cubrir la demanda futura: se necesitarán entre 10 y 15 millones de toneladas adicionales, de las cuales Argentina podría aportar entre 1 y 2 millones. Esta “ventana de oportunidad” exige reglas claras y competitividad para captar capitales.
Más allá de los costos bajos de países como China, los expertos coinciden en que el desarrollo de proveedores locales certificados será esencial para sostener la competitividad. La asociatividad y la llegada de empresas a instalarse en las provincias son vistas como motores de crecimiento.
De cara al futuro, la minería de cobre se perfila como un sector estratégico para Argentina. La combinación de potencial geológico, estabilidad normativa y entramado productivo local definirá si el país logra posicionarse en la competencia global por inversiones.